Nolan no adapta a Homero: ‘La Odisea’ bebe de los clásicos que desmontaron al héroe

Christopher Nolan ha construido su ‘La Odisea’ sobre una tradición que poco tiene que ver con el Ulises admirable de Homero. Su película mira hacia los autores que retrataron a Odiseo como lo que también fue: un manipulador, un estratega sin moral y un arquitecto de atrocidades.

El punto de partida ya lo distingue de cualquier adaptación convencional. La guerra de Troya, tal como la plantea Nolan, se parece mucho más a la que describió Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso. Nada de raptos románticos. El rapto de Helena como pretexto honorable; la causa real, el interés de Agamenón por controlar las rutas comerciales troyanas. Geopolítica disfrazada de épica.

El Odiseo de Nolan tiene un aire de familia inconfundible con el que aparece en Sófocles y Eurípides. En el Filoctetes, un frío maquinador dispuesto a cualquier acto inmoral si conduce a la victoria. En las Troyanas, un hombre innoble que siempre vulnera la justicia, retratado así por Hécuba, una de sus víctimas. La literatura griega posthomérica lo convirtió en símbolo de la crueldad del pragmatismo sin límites. Y Virgilio, en la Eneida, lo remató: «inventor de crímenes».

Es desde ahí desde donde Nolan reescribe el viaje de regreso a Ítaca. Su Odiseo carga con la responsabilidad de los males de una guerra que, desde el primer día, había convertido los principios en herramientas de usar y tirar. La «ley de Zeus» como moneda falsa. Los valores como algo que se esgrime cuando conviene y se pisotea cuando estorba.

La película introduce un elemento ausente en Homero: los rumores sobre los «pueblos del mar» que amenazan la civilización. Nolan tira de ese hilo hasta una conclusión que golpea. Odiseo acaba comprendiendo que la amenaza no viene de fuera. «Los pueblos del mar somos nosotros.» Lo que destruye la vida civilizada no es una invasión extranjera, sino el socavamiento interno de los valores por parte de quienes deciden que pueden prescindir de ellos.

Una lección que ya estaba en Tucídides. Y que resuena hoy con una nitidez incómoda.

Lo más llamativo del movimiento de Nolan es lo que no hace. No moderniza a Homero. No le mete capas contemporáneas forzadas ni guiños al presente. Lo que hace es leer un clásico como lo leían los propios clásicos: buscando en el mito las fracturas que siguen abiertas. Y resulta que el texto más antiguo de la literatura occidental ya contenía todo lo necesario para hablar de un mundo que convierte las palabras en farsa y los principios en decorado.

No hacía falta tocar nada. Solo leer mejor.

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