Alberto Utrera planta su nueva película en el centro exacto del problema que tiene a media España en la calle: la vivienda. Y lo hace con humor negro, tradición azconiana y un reparto que funciona.

El planteamiento es tan sencillo como retorcido. Una pareja lleva años de alquiler, arrastrándose por un mercado que no les deja respirar. Un día aparece la oportunidad: un piso amplio, luminoso, bien situado y con un precio que no provoca carcajadas. Hay un pero. Para poder habitarlo, antes tienen que esperar a que su inquilino se muera. Así, sin eufemismos. Eso es la nuda propiedad: ser dueño de algo que no puedes tocar, ni usar, ni habitar. Propiedad desnuda. Un concepto jurídico que parece inventado para una comedia negra.
Y eso es exactamente lo que Alberto Utrera construye. Una comedia tintada de intriga, oscura sin pasarse de rosca, ligeramente amarga y lo bastante divertida como para que duela un poco. Pocos asuntos tan graciosos como la desgracia, que diría Beckett. El director abandona aquí el tono frenético de sus trabajos anteriores —’Desmontando a Lucía’ y ‘Uno Equis Dos’, simpáticas las dos— y baja las revoluciones. Atempera el gesto. Profundiza en la mirada de sus protagonistas sin dejarse arrastrar por el cliché ni por la frase hecha.
Susana Abaitua y Maxi Iglesias se salen de sus registros habituales, y eso se nota. Trabajan con elegancia, con contención, con algo que parece desvalimiento genuino. Les acompañan David Lorente y Pepe Viyuela, cerrando un reparto compacto para una película que dura 99 minutos y no necesita ni uno más.
El acierto mayor de ‘Nuda propiedad’ es su oportunidad. Llega cuando el problema de la vivienda tiene las plazas llenas y a todo el país en pie. Pero no se limita a surfear la ola. Utrera trabaja en la tradición de Azcona —del que ahora se cumplen cien años de su nacimiento— y eso se percibe en cada decisión narrativa. La comedia como bisturí. Lo cotidiano como territorio grotesco. La clase media como animal acorralado que, cuando se le ofrece una salida, descubre que la salida tiene forma de ataúd ajeno.
Hay soltura en la dirección. Hay garbo. También hay, quizá, un exceso de aflicción que a ratos desequilibra el conjunto. La película carga con tanta urgencia temática que en algunos momentos se nota el peso. No hunde el barco, pero lo lastra. Utrera quiere decir mucho y dice casi todo lo que quiere, aunque a veces la proporción entre lo cómico y lo amargo se desajusta.
Con todo, ‘Nuda propiedad’ es una película que sabe exactamente dónde pisa. Habla de un país en el que comprar un piso es casi un acto de ficción y esperar la muerte de un desconocido para poder vivir en él no suena tan descabellado. Eso, contado con mala leche y con dos protagonistas que se lucen fuera de su zona cómoda, da para una película que merece la pena ver. Toda una doña película, como sugiere la propia etimología del asunto.



