‘Sacamantecas’: un thriller de época técnicamente impecable que se queda frío por dentro

David P. Sañudo lleva al cine la leyenda del Sacamantecas, uno de los episodios más sórdidos de la crónica negra española del siglo XIX. El resultado es una película vistosa, sólida en su factura y ambiciosa en su planteamiento, pero que paga un precio por su empeño en despojar al mito de toda su dimensión legendaria.

El director vasco, responsable de la estimable ‘Ane’ (2020) y de la decepcionante ‘Los últimos románticos’ (2024), se inspira en los crímenes de Juan Díaz de Garayo para construir un relato situado en una Álava sacudida por los estertores de las guerras carlistas. Un asesino que secuestraba a hombres, mujeres y niños para extraerles la grasa corporal, a la que se atribuían propiedades medicinales y mágicas. Materia prima brutal. De esa que casi se escribe sola.

El guion, firmado por el propio Sañudo junto a Sergio Granda y basado en una historia de Asier Guerricaechevarría y Joanes Urkixo, adopta una estructura de wéstern de venganza. Hay apuntes sociológicos lúcidos: la corrupción del poder, encarnada en la figura de Luis Callejo, o la llegada de la luz eléctrica como símbolo del ocaso de un mundo de sombras. También hay algunos clichés más deudores de una mirada actual que de la época retratada.

Y ahí aparece la paradoja central de la película. En su empeño por esquivar cualquier elemento tremendista, folclórico o legendario, Sañudo termina sustituyendo el mito por otro código igual de reconocible: el del cine criminal contemporáneo y el wéstern revisionista. Quiere borrar la leyenda, pero pone en su lugar un molde que tampoco es neutro. La intención es loable. El resultado, discutible.

Lo que nadie puede negarle a ‘Sacamantecas’ es su factura técnica. Es, sencillamente, fastuosa. La fotografía de Kenneth Oribe y la música de Beatriz López-Nogales crean una ambientación tan convincente como envolvente. Se siente la presencia de la muerte en cada rincón de esa ciudad. La miseria, la podredumbre, la amenaza. Los espacios claustrofóbicos se alternan con paisajes abiertos cuya belleza contrasta con la crudeza de lo que ocurre dentro del plano. La dirección artística y el vestuario están a la misma altura.

La película bebe del cine de Manuel Gutiérrez Aragón, Carlos Saura, Manolo Matji y, sobre todo, de Pedro Olea y su extraordinaria ‘El bosque del lobo’ (1970), inspirada en los crímenes de Manuel Blanco Romasanta. No son malas referencias. El problema no está en los referentes ni en la ejecución visual, sino en la temperatura emocional del conjunto.

Sañudo quería acercarse a la cotidianidad y la banalidad del mal. Lo consigue. Pero al despojar al Sacamantecas de su dimensión mítica, de ese componente casi sobrenatural que ha alimentado el folclore durante más de un siglo, la película se queda sin el pulso oscuro que pedía a gritos. Es un trabajo serio, riguroso, bien armado. También es una película que se admira más de lo que se siente. Técnicamente intachable, narrativamente correcta, emocionalmente distante. Como una autopsia perfectamente ejecutada sobre un cuerpo que ya no puede contarnos nada.

Cine y series, en tu WhatsAppEstrenos y noticias en el canal de Butaca Online. Gratis y nadie ve tu número.
Unirme al canal