‘Tony’ retrata a Bourdain antes del mito, y lo hace con la honestidad que el biopic necesitaba

Matt Johnson dirige una película sobre los orígenes de Anthony Bourdain que esquiva la hagiografía y encuentra su mejor versión en el retrato de un joven perdido que descubre el oficio entre fogones.

‘Tony’ arranca con un chaval que miente. Miente sobre su experiencia, sobre sus logros, sobre quién es. Dominic Sessa interpreta a un Bourdain de 19 años que acaba de perder una beca de escritura y, en lugar de asumir el golpe, se inventa otra historia y se lanza a Provincetown, Massachusetts, detrás de una chica. Estamos en el verano de 1975. Todo lo que vendrá después —los libros, los viajes, la fama— queda fuera del encuadre. Y esa decisión es lo mejor que podía hacer Johnson.

Lo que encuentra Bourdain no es lo que buscaba. Sin dinero ni techo, termina fregando platos en un restaurante dirigido por un cocinero al que todos llaman Chef. Ahí entra Antonio Banderas, y lo hace sin levantar la voz. Su personaje enseña con gestos, no con discursos. Una corrección a tiempo, una mirada que señala el error. Banderas construye una figura de autoridad que no necesita imponerse. Es uno de los trabajos más contenidos y efectivos de su carrera reciente.

La película funciona como relato de iniciación puro. Johnson, que ya demostró con ‘BlackBerry’ su capacidad para contar historias reales sin solemnidad, conecta aquí con el cine de Richard Linklater. La atmósfera recuerda a ‘Dazed and Confused’ y ‘Everybody Wants Some!!’: jóvenes que trabajan, beben, se buscan y pierden el tiempo en un verano que parece no tener fin. La fotografía de Michael Bauman aprovecha la luz de Cape Cod para transmitir humedad, sal y calor sin caer en la postal.

El restaurante es el verdadero escenario. Un espacio caótico, jerárquico, donde las jornadas interminables conviven con el sexismo, la cocaína y la presión del servicio. Johnson lo observa sin romanticismo ni condena. Le interesa mostrar cómo ese entorno moldeó a Bourdain, no juzgarlo desde la distancia.

El acierto principal de Sessa es no convertir a Tony en un genio prematuro. Su mayor habilidad es la palabra, no el trabajo. Su arrogancia se resquebraja cada vez que la realidad le devuelve una imagen que no coincide con la que se ha fabricado. Leo Woodall aporta matices como Sal, un compañero cuya tendencia al exceso representa la vía rápida hacia la autodestrucción. Emilia Jones, en cambio, dispone de menos espacio para desarrollar a Nancy, un personaje que funciona más como detonante que como vínculo dramático completo.

El tramo final flaquea. Aparecen escenas de revelación demasiado enfáticas y diálogos que intentan resumir el aprendizaje del protagonista con frases más explicativas de lo necesario. No hunden la película, pero sí le restan parte de la naturalidad que distinguía a su primera mitad. Es la concesión al biopic convencional que Johnson había sabido evitar durante casi todo el metraje.

Aun así, ‘Tony’ consigue algo que muy pocas películas biográficas logran: mirar a su protagonista antes de que se convierta en nadie. Antes de la leyenda, antes de la televisión, antes del personaje público. Lo que queda es un joven que descubre que la identidad no se construye con palabras inventadas, sino entre los fogones, con disciplina y con las manos en la masa. Bourdain se definió a sí mismo como un «miserable, narcisista, autodestructivo y desconsiderado jovenzuelo». Esta película le toma la palabra y, precisamente por eso, funciona.

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