‘Krux’, la nueva película de Tony Vahl, se presentó en el Festival de San Sebastián con una propuesta tan hermosa como difícil de sostener: contar el final de la Segunda Guerra Mundial desde un rincón de Alemania donde la muerte no llegaba en forma de bombas, sino de píldoras de veneno repartidas por el alcalde.

La historia, inspirada en hechos reales, transcurre en un pueblo sin nombre donde los únicos hombres que quedan son el alcalde, el profesor y un anciano que trabaja el ganado. Las mujeres crían a sus hijos solas. Sus maridos pelean y mueren en el frente. Cuando el régimen nazi pide a sus seguidores sacrificarse por el Führer antes de que llegue el enemigo, el pueblo se convierte en un lugar suspendido entre la vida y la muerte. Algunos obedecen. Otros no. Los niños siguen yendo a la escuela, aunque ya nadie sabe para qué.
Vahl construye una atmósfera lúgubre y tétrica con imágenes que contradicen lo que cuentan. Hay belleza visual donde solo debería haber espanto. Las viudas se casan con sus maridos muertos y guardan su corazón en un bote. El profesor enseña a los niños a hacer nudos de horca y después intenta arrancarse la lengua con los dientes. A la lavandería llegan sábanas con más manchas de sangre cada día. El lago se llena de cadáveres sin nombre.
Esa tensión entre lo hermoso y lo terrible es lo mejor de ‘Krux’. También su mayor trampa. El director juega constantemente con rimas y metáforas visuales, pero termina excediéndose. Recarga un relato cuyo verdadero interés está en lo íntimo y lo pequeño. Cuando la película respira, cuando se detiene en la reacción de quien descubre un cuerpo en vez de mostrar el cuerpo, funciona. Cuando decide enseñar —un cadáver carbonizado, un corazón arrancado, un mordisco del que brota un río de sangre—, la provocación pesa más que la emoción.
Los personajes sirven para ilustrar las distintas respuestas ante el horror: la obediencia ciega, la resistencia silenciosa, la locura. Pero las decisiones narrativas con algunos de ellos resultan apresuradas. Les falta profundidad. Se intuye lo que Vahl quiere decir con cada uno, pero no siempre llega a decirlo del todo.
‘Krux’ es una película desagradable. Lo es porque la muerte lo es y el filme está empapado de ella. Funciona como un cuento de terror ambientado en la historia real, un recordatorio de que la guerra no solo destruye en el frente. En sus mejores momentos, captura la desesperación y la apatía con una precisión que encoge. En los peores, se vuelve demasiado evidente, demasiado consciente de su propia oscuridad. Un pueblo maldito que merece ser visitado, aunque a veces su director no confíe lo suficiente en el silencio.



