Benjamín Naishtat lleva su exploración de la violencia política argentina al territorio del melodrama retro con ‘Glaxo’, adaptación de la novela de Hernán Ronsino que pasa por Toronto y San Sebastián con un elenco encabezado por Lali Espósito, Marcelo Subiotto y Esteban Bigliardi.

La película arranca en un cine de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, en 1984. Vardemann (Bigliardi) y el «Bicho» Souza (Alan Sabbagh) se reencuentran en una función de Terminator después de años sin verse. Vardemann está tenso, no quiere que lo reconozcan. A partir de ahí, una serie de saltos temporales entre 1956, 1957 y ese presente va reconstruyendo la historia de cuatro amigos de pueblo cuyas vidas se cruzan con un ex policía peligroso y su mujer.
Esa mujer es «La Negra» Miranda, interpretada por Lali Espósito, que funciona como centro gravitatorio de todas las miradas masculinas. Los cuatro amigos —completados por Manu Fanego y Esteban Lamothe— orbitan alrededor de ella en los bailes del pueblo durante los años cincuenta. Pero acercarse a «La Negra» significa lidiar con Folcada (Subiotto), un tipo con un pasado violento ligado a los fusilamientos de José León Suárez, el episodio que Rodolfo Walsh documentó en Operación Masacre. Naishtat no necesita subrayar la amenaza. Basta con saber quién es Folcada para que cada escena con él tenga un peso distinto.
Lo que hace Naishtat aquí conecta directamente con lo que ya planteó en ‘Rojo’: cómo la violencia política de las dictaduras se filtra en los pueblos chicos, en las relaciones entre vecinos, en las decisiones cotidianas. La fábrica Glaxo, que da nombre al film, aparece en segundo plano, pero su presencia marca el tipo de poder corporativo que condiciona la vida de los habitantes de Chivilcoy. No hace falta que ocupe el centro del relato para entender su peso.
Estéticamente, la película mira hacia el cine argentino clásico. Las escenas de bailes remiten a Leonardo Favio, especialmente a El romance del Aniceto y la Francisca. La fotografía de Pedro Sotero —el director de fotografía brasileño de ‘Bacurau’ y ‘Aquarius’— construye un mundo visualmente enrarecido y cuidado. La música de Shigeru Umebayashi, habitual de Wong Kar-wai, le da al conjunto una cualidad melodramática que por momentos juega a contramano de la urgencia política del relato. Funciona dentro de la trama concreta, donde el tiempo, el romance y la nostalgia son materia narrativa, pero hay tramos en los que esa solemnidad frena un ritmo que pide más nervio.
Lo que tiene ‘Glaxo’ de mejor es su estructura como relato de formación brutal. Hay algo de Érase una vez en América en la manera en que Naishtat observa a un grupo de amigos enredados en un contexto que los supera y los corrompe. El salto de tres décadas permite ver las consecuencias sin necesidad de explicarlas. Los adolescentes de los cincuenta ya no existen en 1984. Lo que queda de ellos son versiones rotas, transformadas por decisiones que tomaron o que otros tomaron por ellos.
Naishtat es sutil a la hora de trazar los paralelos políticos, quizá demasiado para un público internacional que puede perder las conexiones entre los fusilamientos del 56, la guerrilla de los setenta y la dictadura posterior. Pero para quien conoce esa historia, cada detalle encaja. El problema de ‘Glaxo’ no está en lo que cuenta, sino en cierta parsimonia con la que avanza hacia un desenlace que se intuye complicado. Hay momentos en los que la película se demora más de lo necesario.
Aun así, lo que deja ‘Glaxo’ es la confirmación de que Naishtat tiene un territorio propio y sabe habitarlo. Su cine habla de la clase media argentina y de su connivencia con el poder militar y empresarial con una mezcla de rabia contenida y elegancia visual que pocos cineastas argentinos manejan hoy con esta precisión.



