‘El ritual de Lily’, la película de terror sobrenatural dirigida por Manu Herrera, llega a los cines españoles con más personalidad, más atrevimiento y más mala leche que la mayoría de estrenos de género que han pasado por cartelera en los últimos años. Y lo hace desde la independencia absoluta.

La premisa es engañosamente simple. Cuatro amigas viajan a una casa aislada en mitad del bosque para celebrar un ritual de iniciación a la brujería. Lily, una veinteañera pálida e introvertida recién incorporada al grupo, ha sido elegida para representar el elemento aire. Lo que empieza como magia blanca en armonía con la naturaleza acaba revelando su verdadero propósito: el sacrificio es ella.
Herrera, que también coescribe el guion junto a Javier Fernández Moratalla, sabe exactamente a qué está jugando desde el primer plano. El arranque parece un slasher noventero de manual: carretera, gasolinera, casa perdida en el bosque. Pero es una trampa. El director coloca los elementos reconocibles para desarmarlos y llevar la historia hacia territorio de folk horror sin que te des cuenta del giro hasta que ya estás dentro.
La película se divide en dos mitades que parecen rodadas con intenciones opuestas. La primera es luminosa, pausada, casi etérea. Se toma su tiempo para presentar a las cuatro protagonistas —Maggie García, Patricia Peñalver, Eve Ryan y Elena Gallardo, todas estupendas— y construye una atmósfera de belleza plástica que recuerda, como bien apunta la crítica especializada, a ‘Picnic en Hanging Rock’ de Peter Weir en su manera de conectar lo femenino con la naturaleza y el misterio. La segunda mitad es otra cosa. Sangre, vísceras y un derroche de efectos prácticos que te recuerdan por qué el terror analógico sigue funcionando mejor que cualquier CGI millonario. Maggie García pasó sesiones de cinco y seis horas diarias de caracterización para su transformación. Eso es compromiso. Y se nota.
El catálogo de referencias es amplio pero nunca se siente como un ejercicio vacío de cinefilia. ‘La matanza de Texas’, ‘Suspiria’, ‘Carrie’, el fantaterror patrio, la Serie B de videoclub… Todo desfila por la pantalla mientras suena «Devil Came to Me» de Dover. Nostalgia con criterio, no nostalgia por postureo.
Hay además un discurso feminista que atraviesa toda la historia a través de la figura de Lilith, la primera mujer que se rebeló, la primera bruja, la primera perseguida. El guion tiene alguna contradicción en ese terreno, pero la idea de fondo —la transmutación del demonio en mujer justiciera— funciona y da a la película una capa que la eleva por encima del simple ejercicio de género.
‘El ritual de Lily’ no es perfecta. Su ritmo pausado en la primera mitad exige paciencia en una época que no la premia, y el salto entre las dos partes puede resultar brusco si no estás dispuesto a aceptar las reglas del juego. Pero es una película que se atreve. Que reivindica un cine fantástico español hecho desde la clandestinidad y con recursos limitados, capaz de plantar cara al panorama más bien tibio del terror que llega habitualmente a las salas.
No es casualidad que sirviera como película de clausura en la III edición de PUFA, el Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Valladolid, ni que su paso por festivales nacionales e internacionales haya dejado huella. Moon Entertainment la ha puesto en salas desde el 11 de septiembre y merece que el público la encuentre. Porque si el terror español independiente se hace así, con esta osadía y esta honestidad brutal, lo mínimo que podemos hacer es ir a verlo.



