‘La deriva’: Tsai Ming-liang lleva a su monje caminante hasta San Sebastián

La última entrega de la serie de los ‘walkers’ de Tsai Ming-liang ha recalado en la sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián 2026. ‘La deriva’ filma al monje de Lee Kang-Sheng atravesando la ciudad donostiarra y otros enclaves vascos, y lo que encuentra no es paz, sino saturación.

El proyecto arrancó hace años como un ejercicio de despojamiento radical. Un monje que caminaba despacio frente a un mundo que iba demasiado rápido. El contraste era la película. Nada más. Pero Tsai llevaba tiempo atrapado en su propia trampa: después de la monumental ‘Visage’ (2009), el cine como plano esencial parecía haber tocado techo. ¿Qué más se podía despojar?

‘La deriva’ responde a esa pregunta cambiando el enfoque. Lo que importa aquí no es la lentitud del monje ni el dinamismo de lo que le rodea. Lo que importa es el cruce. La manera en que un cuerpo que anda despacio modifica un plano que contiene otros ritmos. Cada encuadre se convierte en una pregunta sobre sí mismo.

Y hay algo que funciona como ancla visual: el rojo. La túnica de Lee Kang-Sheng actúa como una mancha de color que arrastra la mirada, que le dice al espectador dónde posar los ojos. La sencillez de los primeros ‘walkers’ muta aquí en algo más denso. Más barroco, aunque parezca contradictorio tratándose de Tsai.

La repetición de la fórmula a lo largo de los años ha ido borrando las ciudades entre sí. Ya no importa si es Tokio, Marsella o San Sebastián. Todas acaban siendo el fondo sobre el que se desplaza esa silueta emborronada. En ‘La deriva’, las calles vascas no son un decorado con identidad propia, sino el último lienzo de una serie que se devora a sí misma.

Hacia el final, Tsai recurre a dos elementos que ya forman parte de su vocabulario: un rostro de mujer y una canción de Chavela Vargas. Es casi una confesión. La sencillez que el monje buscaba caminando ya existía antes, en las películas anteriores al primer ‘walker’. El monje termina frente a algo que no reconoce, atrapado en un túnel. Lo que empezó como liberación se ha convertido en su propia jaula.

‘La deriva’ no es una película cómoda. Tampoco pretende serlo. Es el retrato de un método creativo que ha llegado al punto en que mirarse al espejo ya no devuelve claridad, sino ruido. Tsai lo sabe. Y en lugar de disimularlo, lo filma.

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