El primer largometraje de la cineasta mexicana Fernanda Tovar llega con una lección clara: se puede hacer cine sobre la adolescencia sin fingir ser adolescente. ‘Chicas tristes’ es una película que respira, que no fuerza ni un solo diálogo y que entiende el silencio como herramienta narrativa.

El género del coming of age tiene un problema viejo. No es la repetición de temas, que al fin y al cabo son universales. Es el lenguaje impostado. Planos detalle bonitos, atardeceres decorativos, personajes que hablan como guionistas de cuarenta años imaginan que hablan los de diecisiete. Tovar esquiva todo eso desde el primer fotograma.
La película arranca con un plano sencillo: una mano sosteniendo un móvil en alto, dando la bienvenida a los pasajeros de un vuelo. Podría ser el inicio de cualquier otra película del montón. No lo es. Lo que viene después tiene una espontaneidad que no se fabrica, se conquista.
En el centro del relato están la Maestra y Paula, dos jóvenes cuya complicidad vertebra toda la película. Tovar capta algo difícil de conseguir: que los cuerpos y los gestos de sus actrices transmitan esa vitalidad de quien todavía está descubriendo cada palmo de terreno. Paula arrastra el peso de una noche que no olvidará. La Maestra responde con rebeldía e ímpetu. Juntas construyen un espacio de resistencia.
Y ahí es donde ‘Chicas tristes’ da su mejor golpe. No se queda en el retrato adolescente. Hay una situación de incomprensión que desemboca en rebelión, en una mirada frontal que no esquiva la gravedad. Pero las adversidades no caen como golpes secos. Tovar modula el tono con una organicidad que hace que todo fluya sin costuras visibles.
Hay una escena que lo resume bien, aunque no necesita palabras para hacerlo. Un silencio en la intimidad que dice más que cualquier reflexión verbalizada. Esa contención es la marca de la película. Sabe cuándo callar.
La fuerza del debut de Tovar está en comprender la adolescencia como proceso, no como postal. La madurez llega mezclada con la naturalidad de cada paso, y la cineasta mexicana lo filma con una delicadeza que traspasa la pantalla sin restarle un gramo de peso a lo que cuenta. Cine que no necesita subrayar nada para que todo quede claro.



