Rodrigo Sorogoyen vuelve con una historia sobre una relación padre-hija destrozada por 13 años de abandono, y lo hace con un Javier Bardem que recuerda por qué es el mejor actor español vivo.

‘El ser querido’ empieza con una larga conversación en un restaurante de lujo. Tensión, reproches acumulados, silencios que pesan más que cualquier diálogo. Y termina en una tienda de campaña de rodaje, con un sándwich barato y la desnudez emocional de quien sabe que nunca será suficiente. Entre esos dos puntos, Sorogoyen e Isabel Peña construyen una película que duele en cada fotograma.
Esteban es un hombre atormentado por un pasado que le obligan a recordar. Emilia, su hija, desea agradar a la figura paterna que teme y que teme querer, hasta el punto de imitar sus cumplidos delante de un espejo. La relación entre ambos está repleta de espinas, y el guion no intenta suavizar ninguna. Trece años de ausencia no se arreglan con una oportunidad y una caricia en la espalda. La película lo sabe. Sus personajes, no.
Hay que hablar de Javier Bardem. Lo que hace aquí es brutal. Sin que el guion lo explicite, notamos la contención de Esteban para no repetir conductas tóxicas. Se obliga a frenar comportamientos de su pasado —literalmente, en el caso del audiocomentario—, aterra en la escena del rodaje que sale mal y hace las paces como solo sabe: pidiendo perdón a posteriori con halagos, prometiendo que será la última vez. Que no volverá a pasar. Bardem solo necesita una mirada para recordarte quién manda. El séptimo Goya debería estar al caer. A su lado, Victoria Luengo sostiene la otra mitad de la película con una fragilidad que corta.
Sorogoyen demuestra una inteligencia enorme al situar esta historia en el mundo del cine. Un arte que se tambalea como la propia relación. El punto de partida coincide con el de ‘Valor sentimental’, de Joachim Trier, pero a partir de la misma sinopsis ambos directores hacen cosas completamente distintas. No es una competición. Son dos visiones de una paternidad fría y distante que pretende dominar la situación pese a su ausencia consciente.
Y luego está el oficio puro. El montaje juega con planos en blanco y negro que dejan su interpretación abierta, con cambios de formato que no son capricho sino herramienta narrativa. La fotografía es espectacular. Pero lo que de verdad se clava es el diseño de sonido: un imaginario de texturas, timbres y tonos que funciona como una capa emocional invisible. Cada recurso técnico está al servicio de la historia. En tiempos de cine apresurado, eso es un acto de confianza en el espectador.
Sería fácil llamarla «carta de amor al cine». No lo es. Es más bien un manifiesto sobre lo que ocurre cuando crear arte te obliga a enfrentarte con quien fuiste. Una persona que reconoces en ti mismo aunque desearías no hacerlo, que vive en rumores y anécdotas pero de la que quedan retazos cuando las cosas van mal. También es una llamada desesperada a las últimas oportunidades, a ese amor que no puede reconstruirse con grandes gestos porque, aunque ambos finjan lo contrario, ya está completamente extinguido.
En Cannes quedó tristemente opacada por ‘La bola negra’. No debería haber pasado. ‘El ser querido’ es una de las mejores películas de Sorogoyen, una obra que remueve conciencias y deja un vacío interior difícil de sacudir. Todos queremos una segunda oportunidad. En el fondo, todos sabemos cómo acaba.



