Joaquín Furriel devora todos los Ricardos posibles en el Grec de Bieito

Calixto Bieito lleva ‘La verdadera historia de Ricardo III’ al Teatre Grec con un reparto argentino encabezado por un Joaquín Furriel desatado que fagocita todo lo que hay a su alrededor. Incluida la propia función.

La propuesta, estrenada el 10 de julio dentro del Grec’26, parte de un hallazgo real: el descubrimiento en 2012 de los restos del último rey Plantagenet bajo el asfalto de un aparcamiento en Leicester. Bieito y Adrià Reixach firman una dramaturgia que usa ese accidente histórico como excusa para cuestionar la imagen monstruosa que Shakespeare construyó al servicio de los Tudor. El planteamiento es sugerente. Su desarrollo, más discutible.

Porque lo que acaba ocurriendo sobre el escenario es otra cosa. Furriel acapara cada escena con una exhibición interpretativa que no conoce el freno. Su Ricardo de Gloucester muta sin descanso: hay ecos de Rigoletto, del Joker de Heath Ledger, de Tartufo, de Charles Foster Kane, del asesino engominado de Christian Bale. Y de Ubú, porque la función respira la energía grotesca de Jarry de principio a fin. Carisma a máxima intensidad. Un despliegue virtuoso que, paradójicamente, termina por empequeñecer todo lo demás.

Y lo demás tiene momentos notables. El reparto argentino se luce en sus respectivos roles. Los dos asesinos de Clarence bordan la amoralidad con los decibelios justos del sotto voce. María Figueras, como Lady Anne, queda atrapada por el desvarío desde su primera frase en un cara a cara con Furriel que debería ser brutal pero que la avalancha del protagonista no deja respirar. Marcos Montes asume a Buckingham en un prólogo nuevo que lanza al aire la vieja sentencia de Langhoff: el teatro como arte de organizar el escándalo.

Bieito sigue fiel a la escuela del regietheater que le ha dado tantos éxitos en Europa central. Un cuarto de siglo después de abrazar esa estética, su discurso escénico no ha variado. Eso puede leerse como coherencia o como repetición, según el día y según la función. Aquí, la sensación dominante es que el director ha decidido entregar las llaves del espectáculo a su actor principal y confiar en que el tsunami interpretativo baste para sostenerlo todo.

El resultado es un festín para quien quiera ver a un intérprete exprimirse hasta la última gota. Un one man show con Shakespeare de fondo. Tres estrellas de cinco. Y la certeza de que cuando alguien lo llena todo, lo que queda alrededor se queda sin aire.

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