La última película de Hirokazu Kore-eda llegó a los cines el 16 de octubre tras su paso por Cannes, donde la recepción fue tibia. ‘Kakeru’ propone un drama sobre una familia rota que recurre a un niño robot para llenar el hueco de un hijo muerto, y el resultado es tan interesante en sus ideas como gélido en su ejecución.

El punto de partida invita a la comparación inmediata con ‘A.I. Inteligencia Artificial’, el melodrama oscuro y magistral de Spielberg. Allí, un niño robot soñaba con el amor incondicional de su madre adoptiva. Aquí, el hijo ha muerto en un accidente y el autómata que lo sustituye tiene una mirada distinta. Menos sentimental. Más pragmática. Kore-eda no quiere repetir a Spielberg, y eso se nota desde el primer acto.
La puesta en escena gira alrededor de dos oficios que no son casuales. La madre, interpretada por Haruka Ayase, es arquitecta. El padre, al que da vida Daigo, dirige un taller de carpintería. Construcción y madera. El cineasta japonés planta ahí las semillas de su discurso: una utopía donde las máquinas despiertan su conciencia a través de lo orgánico. Una secuencia en la que un viejo carpintero le habla al niño robot de la vida de los árboles más allá de su muerte condensa esa idea con elegancia.
Las referencias literarias sostienen la estructura. El título original, ‘Sheep in a Box’, apunta directamente a ‘El principito’ de Saint-Exupéry. Pero Pinocho también asoma en un subtexto más conceptual: las conversaciones sobre la madera, la profesión del padre, la idea de que algo inerte puede cobrar vida. Kore-eda teje esas capas con oficio, aunque a veces el tejido se siente más como un ejercicio intelectual que como una historia que respira.
Y ahí está el problema. Mientras Spielberg ponía sobre la mesa la cuestión moral de unos robots sometidos al amor, el capricho y el odio humano, Kore-eda elige un camino más optimista. El padre rechaza al robot, sí. Pero el niño-máquina no observa a la madre desde la idealización, sino desde un lugar calculado. La posibilidad que plantea el desenlace podría ser emocionante. Podría. No lo es del todo. La película se mimetiza demasiado con su protagonista: lista, cerebral, distante.
Kore-eda ha participado en apenas medio año en las secciones oficiales de Cannes y Venecia. Si ‘Look Back’, su oda al manga y a la amistad, se llevó el aplauso en la Mostra, ‘Kakeru’ no corrió la misma suerte. Son dos películas que muestran las dos caras de un cineasta capaz de lo mejor y de lo correcto. Porque ‘Kakeru’ es correcta. Tiene ideas potentes sobre la familia elegida, sobre el duelo, sobre qué significa construir algo vivo a partir de lo inerte. Pero le falta el latido que convierte una buena película en una que se queda dentro.
126 minutos de fábula poshumanista con el sello de uno de los grandes directores vivos. El material está ahí. La emoción, en cambio, se queda atrapada en algún punto entre la madera y el circuito.



