La película del director gallego se llevó el Grand Prix de la Competencia Internacional en la 37ª edición del FIDMarseille, celebrada entre el 7 y el 12 de julio. Un premio gordo para un cine que no busca complacer.

Eloy Enciso lleva años construyendo una filmografía en los márgenes. Desde ‘Arraianos’ (2012) hasta ‘Longa Noite’ (2019), su cine ha orbitado siempre alrededor de Galicia, la memoria y los fantasmas de una España que prefiere mirar hacia otro lado. Con ‘Todo es cárcel’ llega más lejos que nunca. Y duele más que nunca.
La película sigue a Elsa (interpretada por Elsa Pereira), una artista española afincada en Berlín que recorre Alicante, Madrid, Burgos y otros puntos del país rastreando lo que queda de los más de 200 campos de concentración franquistas. Más de un millón de prisioneros pasaron por ellos. Más de 100.000 personas murieron o desaparecieron. Las cifras son enormes. Los vestigios, casi invisibles.
La muerte de un tío anciano obliga a Elsa a regresar a la casa familiar en Galicia. Ahí el documental se agrieta. La investigación se topa con los conflictos domésticos, con las tensiones de una familia que, como tantas, prefiere no remover. Y en ese cruce aparece la historia de Carmen y Ángel, dos amantes separados tras la derrota republicana de 1939, encarcelados en prisiones lejanas, conectados solo por cartas que se escuchan en off como monólogos íntimos llenos de deseo y desventura.
Enciso maneja un híbrido entre falso documental y ficción que no se deja clasificar fácil. No hay periodismo de investigación. No hay dedo acusador ni lección de historia con mayúsculas. Lo que hay es paisaje, tiempo, silencio. Una búsqueda topográfica que conecta con el cine de James Benning, de Straub y Huillet, del argentino Jonathan Perel. Cineastas que filman lugares para que hablen los ausentes. Enciso pertenece a esa estirpe y con esta película lo confirma de forma rotunda.
La fotografía de Jimmy Gimferrer encuentra lirismo en terrenos áridos, en muros que ya no encierran a nadie pero que siguen ahí. El montaje de Lisa María Velázquez sostiene un ritmo pausado que exige paciencia pero recompensa con una acumulación emocional lenta, casi física. El sonido de Marisol Cao Milán trabaja el vacío como materia narrativa. Los 109 minutos no pasan rápido. No están pensados para eso.
Lo que hace grande a ‘Todo es cárcel’ es su capacidad para hablar del pasado sin dejar de señalar el presente. La amnesia colectiva que retrata no es solo la de la posguerra. Es la de ahora. La de una sociedad donde los discursos de odio y la reivindicación del fascismo ganan terreno cada día. Enciso no subraya esa conexión con trazo grueso. La deja flotando en cada plano vacío, en cada carta sin respuesta, en cada paisaje donde hubo un campo y hoy no hay nada. Ni una placa.
Bella y triste a la vez, la película funciona como un acto de resistencia. No contra el olvido en abstracto, sino contra la decisión activa de capitular, tapar, hacer la vista gorda. Eso es lo que pone el dedo en la llaga: no es que no se recuerde, es que se eligió no recordar.
Que el FIDMarseille le haya otorgado su máximo galardón dice mucho del estado de un cine español que sigue dando sus mejores frutos lejos de los circuitos industriales. Enciso no hace películas para llenar salas. Hace películas para que las heridas no cicatricen en falso.
