Todos los mitos de ‘La Odisea’ de Nolan y la ciencia real que los explica

Christopher Nolan ha estrenado su adaptación de ‘La Odisea’ con más de 120 millones de dólares en su primer fin de semana en Estados Unidos, récord de acción real en 2026 y mejor apertura en la carrera de Matt Damon como protagonista.

La película dura 2 horas y 52 minutos. Casi tres horas dedicadas al viaje de Ulises de regreso a Ítaca tras la Guerra de Troya, pasando por ocho episodios mitológicos que Nolan traslada a pantalla IMAX con su habitual obsesión por lo tangible. Aquí está lo que cuenta cada uno y, lo más interesante, la explicación científica que los sostiene.

El viaje arranca con Polifemo, el cíclope hijo de Poseidón. Odiseo se presenta como «Nadie», emborracha al gigante y le clava un arma en el ojo. Ese acto desata la ira de Poseidón sobre toda la tripulación. Después llegan los Lestrigones, una raza de gigantes brutales que masacra a la mayoría de los hombres y deja a Odiseo con una sola nave.

En la isla de Eea espera Circe, hija de Helios, que convierte a la tripulación en cerdos. Solo la intervención de Hermes, que entrega a Odiseo la hierba moly, permite revertir el hechizo. Circe les indica que deben descender al Hades, donde Odiseo habla con los muertos: Sinón le reclama una traición, Agamenón le aconseja volver disfrazado y el profeta Tiresias le advierte de los horrores que quedan por delante.

Las sirenas llegan después. Odiseo ordena tapar los oídos de sus hombres con cera y exige ser atado al mástil para escuchar el canto que revela todo lo que desea pero nunca tendrá. Acto seguido, el estrecho imposible: Caribdis, un remolino que traga mares, o Escila, un monstruo de múltiples cabezas. La tripulación elige Escila. Seis hombres mueren devorados.

En Trinacia, la isla del sol, los vientos atrapan el barco. Los hombres, desesperados de hambre, rompen su promesa y matan una res sagrada de Helios. Zeus, Poseidón y Apolo desatan una tormenta que destruye todo. Odiseo sobrevive solo. Llega a la isla de Calipso, que lo retiene siete años como amante, alimentándolo con flores de loto que le hacen olvidar a Penélope y a su hijo Telémaco. Solo la intervención de Hermes lo libera.

Pero lo que eleva esta película por encima de la simple épica visual es algo que Nolan parece haber tenido muy presente: muchos de estos mitos tienen base real. Los cíclopes, según la paleontología, nacieron de los cráneos fosilizados de elefantes y mamuts enanos hallados en islas del Mediterráneo como Sicilia y Chipre. Su enorme cavidad nasal central fue confundida con una cuenca ocular gigante.

El estrecho de Escila y Caribdis se corresponde con el Estrecho de Mesina, entre Sicilia e Italia. Las corrientes y los vientos que chocan en ese canal crean remolinos peligrosos —el origen de Caribdis— y arrastran embarcaciones hacia bancos de arrecifes rocosos, los dientes de Escila convertidos en piedra real.

Y la hierba moly que protege a Odiseo de Circe tiene candidata firme: la campanilla de invierno (Galanthus nivalis), que contiene galantamina, un compuesto estudiado por farmacólogos modernos como antídoto contra sustancias que alteran la mente.

Nolan no ha hecho solo una superproducción sobre dioses y monstruos. Ha filmado una historia que los griegos construyeron a partir de lo que veían y no podían explicar. Cráneos enormes, remolinos letales, plantas que alteran la conciencia. El mito como primera ciencia. Y eso, en manos de un director que siempre ha tratado la física como narrativa, tiene todo el sentido del mundo.

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