Trueba, Chicho Sánchez Ferlosio y el retrato de un alma que no cabe en una pantalla

Fernando Trueba filmó en 1982 a un hombre tumbado en una cama hablando de dinero, arte y política. Cuarenta y cuatro años después, esa imagen restaurada se siente más viva que la mayoría del cine que se estrena hoy.

‘Chicho o Mientras el cuerpo aguante’ no es un documental musical. Es algo más raro y más valioso. Fernando Trueba, en lo que fue apenas su segunda película, se plantó delante de Chicho Sánchez Ferlosio con una cámara y decidió escuchar. Sin estructura aparente. Sin guía. Solo un tipo con una voz ronca y una presencia que desborda el plano.

La música aparece, sí, pero como consecuencia. Surge de las conversaciones, de las discusiones sobre política, sobre la Biblia, sobre las drogas. Trueba deja que Chicho divague, se contradiga, bromee. Hay algo casi doméstico en la textura de la película. Más cinta casera que documental al uso. Y ahí reside su fuerza.

Los planos fijos sobre Chicho funcionan con una simplicidad que desarma. No necesitan nada más. Ni música de fondo, ni montaje efectista, ni una voz que explique quién es este hombre. Basta con mirarlo. Con oírlo. La cámara se aferra a su cuerpo y a su voz, y eso es suficiente para llenar la pantalla de aristas.

Hay momentos en los que la película parece no ir a ningún sitio. Es caótica, fragmentaria, hecha de trozos de charlas y breves interpretaciones callejeras junto a su compañera Rosa. Pero esa libertad no es un defecto. Es la película. Es Chicho. Un tipo que confiesa que su único trabajo son las actuaciones en la calle y que donde más tiempo pasa es en la cama. Intentar meterlo en un molde narrativo convencional habría sido traicionarlo.

Lo que resulta fascinante es cómo cambia el significado de todo al verla en 2026. En 1982, esto era el retrato de un artista marginal en una España que todavía buscaba su forma. Ahora es un documento de algo que ya no existe. Un tipo de personalidad, un tipo de artista, unos lugares que siguen ahí físicamente pero que han desaparecido en todo lo demás. Trueba filmó sin saberlo un pedazo de historia emocional española.

El 1982 todavía olía a incertidumbre y a esperanza. La Transición prometía una libertad que parecía posible. Vista hoy, la película funciona como recordatorio de una posibilidad que se escapó de los dedos. No es nostalgia. Es algo más incómodo.

Hacia el final, la voz del propio Trueba irrumpe en la película con una reflexión sobre los retratos: «contienen el alma de la persona». Y la imagen se congela sobre un espejo en el que el rostro de Chicho aparece reflejado. No hay intención de convertirlo en símbolo ni en mito. Solo el gesto de reconocer un alma eterna, en 1982 y en 2026. Que todo retrato cinematográfico será siempre incompleto no importa demasiado cuando lo que se ha capturado tiene esta densidad.

Trueba construyó aquí, casi sin querer, el molde de lo que luego perfeccionaría en ‘Calle 54’ y en ‘Bajañí’: una forma personal e íntima de acercarse a la música dejando que esta empape la vida en lugar de dominarla. ‘Chicho o Mientras el cuerpo aguante’ es el origen de esa mirada. Y sigue siendo, cuatro décadas después, lo más parecido a sentarse a escuchar a alguien que merece ser escuchado.

Cine y series, en tu WhatsAppEstrenos y noticias en el canal de Butaca Online. Gratis y nadie ve tu número.
Unirme al canal