‘El castillo’: la España putera contada con una claridad que asusta

La serie dirigida por Elena Martín y Sandra Romero, con guion de Isabel Peña y Eduardo Villanueva, se presentó en la sección oficial del Festival de San Sebastián y deja una de las propuestas más incómodas y necesarias del año. Seis entregas, cinco horas y ni un solo plano que busque la sordidez fácil.

‘El castillo’ podría haber caído en cualquiera de las trampas del género. Policías, prostitutas, proxenetas: tres arquetipos que el cine lleva explotando desde D. W. Griffith hasta Scorsese. Pero no cae. Lo que hacen Peña, Villanueva, Martín y Romero es exactamente lo contrario de lo esperado: mirar sin aspavientos, con el gesto frío de lo insoportablemente común.

La serie se sitúa a finales de los años 90, en la España del boom inmobiliario y los macroburdeles de carretera. Un rótulo al final del primer episodio lo deja negro sobre blanco: el primer macroburdel empezó a construirse en 1999 y la trata ilegal de mujeres no se consideró delito hasta 2010. Entre medias, un agujero legal y moral del tamaño de un país entero.

Tres tramas, tres escenarios. Raúl Arévalo encarna al proxeneta que descubre el negocio más rentable de la España «del volquete de putas». La colombiana Valentina Vidal, debutante y auténtico hallazgo, da vida a Claudia, la víctima atrapada en el sistema de la deuda. Y Omar Ayuso y Laia Marull sostienen la trama policial desde la UCRIF, un cuerpo al que dentro de la propia policía apodan «el de las putas».

El sistema de la deuda es el motor de todo. Una mujer, probablemente menor, es tentada a viajar a Europa con la promesa de prosperidad. La libertad llegará cuando abone una deuda que no para de crecer. Colombia, Panamá, Brasil, Rumanía, Nigeria. Los países cambian. El mecanismo, no.

Lo que hace especial a ‘El castillo’ es dónde pone la cámara. En las dos únicas escenas de sexo de toda la serie, el objetivo se detiene en la cara del cliente. No en ella. ¿Qué siente él? ¿Deseo, poder, vergüenza? ¿O piensa en otra cosa, como seguramente hace ella? «Hemos querido deshacernos de las imágenes en las que hemos sido educadas», dice Elena Martín. Y se nota en cada plano.

Arévalo está descomunal en su sentido más literal. Cabeza rapada, veinte kilos de más, aspecto terrorífico que acaba siendo el de cualquiera. Ese es el golpe más duro de la serie. El terror que infunde no es el del monstruo reconocible, sino el del tipo que podría estar sentado en la mesa de al lado. Un miedo callado, compartido y demasiado corriente. Un miedo que apenas se reconoce como tal.

La serie está basada en el libro ‘El proxeneta’ de Mabel Lozano y no busca héroes ni culpables fáciles ni la catarsis del thriller al uso. Busca transparencia. Y la encuentra. Desde unas leyes tan vagas como permisivas hasta una policía desbordada, pasando por un negocio con clientes en todos los estratos sociales y locales en todas las carreteras nacionales.

‘El castillo’ impresiona por su claridad, sorprende por su energía y descorazona por la certeza de lo que muestra. Todo lo que parece tan tremendo es, en realidad, lo que llevamos décadas aceptando como normal. Llámese cultura de la violación o llámese como se quiera. El nombre da igual. Lo que importa es que la serie lo mira de frente y no parpadea.

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